| viernes, 23 de marzo de 2007 | |||||||||
Página 2 de 2 Nacemos, crecemos y vivimos en una sociedad que nos "empuja" a ser individuos exitosos, competitivos, los mejores. También nos motivan (sobre todo en la última década) para que juguemos en equipo. Todos nos aprendemos el decálogo del líder exitoso y formamos parte de tribus con gran cantidad de caciques. Todo va bien si el equipo hace lo que yo digo, de lo contrario, yo no juego más. Marginamos a los otros y no nos damos cuenta que nos marginamos nosotros mismos. Usamos a los otros como excusas. Las frases pueden ser hermosas y cálidas, también pesadas y frías. Las palabras enmarañan. Nos enmarañamos con nuestras propias palabras. Mi objetivo, como consultor, es lograr que el empresario "se incluya" en su empresa, que sea parte de la misma. De nada sirve que la sienta desde afuera o que se sienta la propia empresa. Nada aportan los "no se dan cuenta de nada, yo se los advertí", ni los "si no hago yo las cosas, no las hace nadie". Es necesario escuchar el diagnóstico que el propio dirigente da sobre su empresa. En esos cinco minutos, donde todo parece estar claro se despliega el prólogo de la aventura que está por comenzar, de la que el empresario debe ser su gran protagonista, su héroe. "El rango de lo que pensamos y hacemos está limitado por aquello de lo que no nos damos cuenta. Y es precisamente el hecho de no darnos cuenta de que no nos damos cuenta lo que impide que podamos hacer algo por cambiarlo. Hasta que no nos demos cuenta de que no nos damos cuenta seguirá moldeando nuestro pensamiento y nuestra acción" (Dr. Ronald D. Laing) La misión consiste en ir desentrañando "aquello" que el empresario o dirigente no se dá cuenta que no se dá cuenta. De nada sirven las sugerencias de posibles acciones que yo, desde afuera, incluso con la mejor intención, pueda aportar. Todo pasa por acompañar el proceso, eso sí, siempre y cuando el empresario "se deje acompañar". Muchas veces, nuestra omnipotencia no nos permite aceptar compañía. Nosotros solos podemos todo... Incluso, para mí mismo, "el acompañar a otro" es un maravilloso ejercicio que me enfrenta a mi propia omnipotencia. A ese fantasma que me insta a ser el mejor, el único, el infalible. Reconocer que "algo" puede no estar andando del todo bien es el primer gran paso de esta aventura. De poco sirven los caminos iniciados desde la falta, desde lo que no hay, de lo que podría ser si las cosas fueran de tal o cual manera. La cosa es como es y hay lo que hay. La clave para que este acompañamiento resulte efectivo es el de permitir que el empresario o dirigente vaya descubriendo por sí mismo aquellas cosas que pueden estar provocando su malestar o conflicto. De muy poco sirven las soluciones inmediatas ("pomadita milagrosa") para conflictos, muchas veces crónicos. Este acompañamiento puede efectuarse de manera individual o grupal. Caminos hay muchos; y sólo andando se hace camino. Incluso, errando caminos se está haciendo camino. En definitiva, todo está bien, siempre y cuando estemos abiertos a revisar lo que hacemos. Nos cuesta "ponerle el cuerpo" a la autocrítica. A lo largo del camino suele aparecer el desánimo, las ganas de largar todo y pensar que si hasta ahora lo hice así para qué innovar. Incluso, puede suceder que lo que se sentía como molesto, ya no se sienta así. Cuesta comprender que este desánimo es parte de la aventura. Es la batalla que libramos contra nuestros propios fantasmas, totalmente reales hasta tanto los enfrentamos y vencemos. Es, justamente, la oportunidad que se nos presenta para sentirnos los genuinos héroes de nuestras propias historias. Después de todo, hay que reconocer que una aventura (vida) sin batallas no es aventura. Artículo escrito por Oscar Osvaldo Conti
www.ooconti.com.ar
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